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Prêmio Jovem Peregrino JMJ 2026 | Resultado do Concurso de Homilias

  

PRÊMIO JOVEM PEREGRINO - CONCURSO DE HOMILIAS

Aos que a este lerem, graça e paz da parte de
Deus, o Pai, e de Jesus, nosso Senhor.

[ES]

La Jornada Mundial de la Juventud Guadalajara 2026 estuvo marcada por intensos momentos de oración, fraternidad y reflexión. Entre las diversas actividades promovidas durante el encuentro, el Premio Joven Peregrino consagró como ganador al Padre Aaron Quintero, de la Arquidiócesis de Medellín.

A continuación, hacemos pública la reflexión presentada por el sacerdote, reconocida por su profundidad espiritual y por su valiosa contribución a la vivencia del lema de esta Jornada Mundial de la Juventud.

"Queridos hermanos,

En el marco de esta Jornada Mundial de la Juventud, tenemos este momento en el que se derraman las gracias del Señor sobre cada uno de nosotros. No es un momento para decir cosas nuevas ni para hacer cosas nuevas, sino para que reafirmemos la fe, para que reafirmemos aquello en lo que creemos. Tal vez cada domingo, durante el Credo, decimos: «Creo en la Iglesia», «Creo en Dios Padre todopoderoso», «Creo en Jesucristo, su Hijo». Pero este es un momento para que, desde lo cotidiano, reafirmemos la creencia que tenemos como católicos.

La Iglesia peregrina de Guadalajara, en México, nos recibe con un cálido abrazo, como aquel padre que recibió al hijo pródigo después de que este le hubiera quitado lo que le correspondía de herencia, y hubiera despilfarrado el dinero en gustos caros, delirios de riquezas y otros excesos.

Y así, con esa misma firmeza con la que el padre recibió al hijo pródigo, debemos creer. Dios, en su infinita misericordia, ve tus errores, pero en el día final te llamará por tu nombre. En cambio, aquellas personas que se la pasan haciendo el mal, queriendo ver el sufrimiento ajeno, eso es obra de —¿quién?— del maligno. El maligno conoce tu nombre, conoce dónde estás, conoce lo que haces, conoce todo lo que has batallado, todas esas oraciones que has hecho de noche para nunca caer en esas tentaciones. Pero la diferencia es que él te llamará por tu error; te dirá: «Ven a mí, porque le gritaste a tu hermano por rabia».

Y en medio de toda esta tempestad, de toda esta angustia, de toda esta oración incansable para no caer en tentación, está Cristo maravilloso, este que vino a pagar con su sangre, nada más y nada menos, inmolándose en un madero para nuestra salvación. Por eso Él pide que vayamos a evangelizar y a hacer discípulos a todas las naciones.

Cristo te envía a servir y no a ser servido. Él, en su vida terrena, no estuvo lleno de lujos, sino que, en la humildad del cenáculo, dijo a sus discípulos: «Ya no los llamo siervos, sino amigos». Sin embargo, tanto nos cuesta tener esta misma humildad, nosotros que somos personas soberbias en muchos casos, que creemos ser más que los demás. Y este Dios, que puede mover cielo y tierra, que puede abrir un mar en dos, solamente quiso que ya no fueran sus siervos, sino que fueran sus amigos.

La evangelización, en este tiempo, será el instrumento en el cual el Espíritu Santo hará presente para encontrar muchas vocaciones, para que lleguen a la Iglesia en este mundo lleno de maldad, en este mundo lleno de libre albedrío.

Reconocemos que hay una sola Iglesia. Ella, como madre y maestra, nos ha enseñado y nos ha inculcado la doctrina de la fe transmitida desde los primeros siglos hasta la actualidad, que, a pesar de que existan cismas, en comunión la Iglesia se mantiene firme. ¿Por qué se mantiene firme? Por todas aquellas personas que trabajan para esta grey. Son estos pastores que trabajan por el rebaño. Y ¿quién es el rebaño? Somos todos nosotros.

Son tantas las vocaciones que no se pueden contar con los dedos; son tantas las personas que ayudan a construir el Reino de los Cielos, quienes ayudan en la Iglesia, quienes tienen la gran tarea de ser custodios de los sagrados misterios.

Tenemos a la vida consagrada, aquellas personas que han entregado su diaconado y sacerdocio ministerial; aquellas personas que, por su humildad servicial, han sido llamados a ser pastores de una Iglesia particular. Tenemos también aquellos cuyos méritos y fortaleza los han llevado a trabajar más estrechamente con la sede de Pedro. Y, por último, tenemos al capitán de esta barca tan grande: el Papa. Todas estas vocaciones tienen un mismo propósito, una misma misión: la salvación y conversión de las almas.

Buscamos la manera de rescatar todas aquellas almas que están perdidas, que no conocen realmente el amor de Dios; que dicen tal vez: «Hoy no voy a la Iglesia porque me siento cansado», y no saben que ese alivio lo encontrarán allá, de rodillas frente al Santísimo; no saben que el aburrimiento que tienen en la penumbra espiritual se irá en el silencio de la oración.

Pero muchas veces preferimos estar pegados a una pantalla, scroleando en redes sociales, viendo vídeos de que «Fulano dijo esto» o que «Paquita compró una hamburguesa triple», y no nos damos cuenta del centro. El centro de todo es Jesucristo, y todos nosotros giramos en torno a Él. No hay a dónde ir, y solamente Él es quien tiene el control. Será Él quien convierta tu corazón y te haga creer. Pero si tú no le abres tu corazón, ¿cómo te vas a convertir?

Por eso, pidámosle al Espíritu Santo, bajo el don del entendimiento, que abra nuestros ojos y nuestro corazón para ver sus grandezas, para poder contemplar todo lo que nos tiene y que nos cuente entre los escogidos, porque muchos son los llamados, pero pocos los escogidos.

Que así sea."


[PT]

A Jornada Mundial da Juventude Guadalajara 2026 foi marcada por intensos momentos de oração, fraternidade e reflexão. Entre as diversas atividades promovidas durante o evento, o Prêmio Jovem Peregrino consagrou como vencedor o Padre Aaron Quintero, da Arquidiocese de Medellín.

A seguir, tornamos pública a reflexão apresentada pelo sacerdote, reconhecida por sua profundidade espiritual e por sua contribuição para a vivência do tema desta Jornada Mundial da Juventude.

"Queridos irmãos,

No contexto desta Jornada Mundial da Juventude, temos este momento em que as graças do Senhor são derramadas sobre cada um de nós. Não é um momento para dizer coisas novas nem para fazer coisas novas, mas para reafirmarmos a fé, para reafirmarmos aquilo em que acreditamos. Talvez todos os domingos, durante o Credo, digamos: «Creio na Igreja», «Creio em Deus Pai todo-poderoso», «Creio em Jesus Cristo, seu Filho». Mas este é um momento para que, a partir do cotidiano, reafirmemos a crença que temos como católicos.

A Igreja peregrina de Guadalajara, no México, nos recebe com um caloroso abraço, como aquele pai que recebeu o filho pródigo depois que este lhe havia tirado o que lhe correspondia da herança e havia desperdiçado o dinheiro em gostos caros, delírios de riqueza e outros excessos.

E assim, com a mesma firmeza com que o pai recebeu o filho pródigo, devemos acreditar. Deus, em sua infinita misericórdia, vê os seus erros, mas, no dia final, chamará você pelo nome. Já aquelas pessoas que passam o tempo fazendo o mal, querendo ver o sofrimento alheio, isso é obra de — quem? — do maligno. O maligno conhece o seu nome, conhece onde você está, conhece o que você faz, conhece tudo aquilo pelo que você tem lutado, todas essas orações que você fez à noite para nunca cair nessas tentações. Mas a diferença é que ele chamará você pelo seu erro; dirá: «Venha a mim, porque você gritou com seu irmão por raiva».

E, em meio a toda esta tempestade, a toda esta angústia, a toda esta oração incansável para não cair em tentação, está o Cristo maravilhoso, aquele que veio pagar com seu sangue, nada mais, nada menos, imolando-se num madeiro pela nossa salvação. Por isso, Ele pede que vamos evangelizar e fazer discípulos em todas as nações.

Cristo envia você para servir, e não para ser servido. Ele, em sua vida terrena, não esteve cheio de luxos, mas, na humildade do cenáculo, disse aos seus discípulos: «Já não vos chamo servos, mas amigos». No entanto, quão difícil é para nós ter essa mesma humildade, nós que, em muitos casos, somos pessoas soberbas, que acreditamos ser mais do que os outros. E este Deus, que pode mover céus e terra, que pode abrir um mar ao meio, quis apenas que eles já não fossem seus servos, mas que fossem seus amigos.

A evangelização, neste tempo, será o instrumento por meio do qual o Espírito Santo se fará presente para encontrar muitas vocações, para que cheguem à Igreja neste mundo cheio de maldade, neste mundo cheio de livre-arbítrio.

Reconhecemos que há uma única Igreja. Ela, como mãe e mestra, ensinou-nos e incutiu em nós a doutrina da fé transmitida desde os primeiros séculos até os dias atuais, e, apesar de existirem cismas, em comunhão, a Igreja permanece firme. Por que permanece firme? Por todas aquelas pessoas que trabalham por este rebanho. São estes pastores que trabalham pelo rebanho. E quem é o rebanho? Somos todos nós.

São tantas as vocações que não podem ser contadas nos dedos; são tantas as pessoas que ajudam a construir o Reino dos Céus, que ajudam na Igreja, que têm a grande tarefa de serem guardiãs dos sagrados mistérios.

Temos a vida consagrada, aquelas pessoas que entregaram o seu diaconato e sacerdócio ministerial; aquelas pessoas que, por sua humildade servidora, foram chamadas a ser pastores de uma Igreja particular. Temos também aqueles cujos méritos e fortaleza os levaram a trabalhar mais estreitamente com a Sé de Pedro. E, por fim, temos o capitão desta barca tão grande: o Papa. Todas essas vocações têm um mesmo propósito, uma mesma missão: a salvação e a conversão das almas.

Buscamos uma maneira de resgatar todas aquelas almas que estão perdidas, que não conhecem verdadeiramente o amor de Deus; que talvez digam: «Hoje não vou à Igreja porque estou cansado», sem saber que encontrarão esse alívio lá, de joelhos diante do Santíssimo; sem saber que o tédio que sentem na penumbra espiritual desaparecerá no silêncio da oração.

Mas muitas vezes preferimos ficar grudados a uma tela, rolando pelas redes sociais, vendo vídeos sobre «Fulano disse isso» ou «Beltrana comprou um hambúrguer triplo», e não percebemos o centro. O centro de tudo é Jesus Cristo, e todos nós giramos em torno d’Ele. Não há para onde ir, e somente Ele é quem tem o controle. Será Ele quem converterá o seu coração e fará você acreditar. Mas, se você não abrir o seu coração para Ele, como irá se converter?

Por isso, peçamos ao Espírito Santo, sob o dom do entendimento, que abra os nossos olhos e o nosso coração para vermos as suas grandezas, para podermos contemplar tudo o que Ele nos reserva e para que nos conte entre os escolhidos, porque muitos são chamados, mas poucos são escolhidos.

Assim seja."


Dado em Roma, na sede do Dicastério para a Evangelização,
aos 28 dias do mês de julho de 2026.

Ginaldo Emanoel Card. SILVA
Praefectus