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Corações reconciliados, humanidade renovada! #CF2026

Homilia Papal | Abertura do Sínodo dos Bispos

 

HOMILIA DO SANTO PADRE BENTO VIII
NO MISSA DE ABERTURA DO SÍNODO DOS BISPOS

[11 DE JANEIRO DE 2026]
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Manete in dilectione mea!
(Jo 15,9)

[PT]

Amados irmãos e irmãs,

Reunimo-nos hoje como Igreja convocada pelo Espírito Santo para um momento de profunda graça: a abertura do Sínodo para a Comunhão dos Povos, celebrado à luz da festa do Batismo do Senhor. Esta coincidência litúrgica não é casual, mas profundamente simbólica. Assim como Jesus, ao ser batizado no Jordão, inaugura publicamente sua missão, também nós, como Povo de Deus, somos chamados a renovar nossa identidade e nossa missão: caminhar juntos, com um só coração e uma só alma, para que todos sejam um.

Jesus que se aproxima de João Batista e pede para ser batizado. Ele não o faz por necessidade pessoal, pois é o Santo de Deus, mas por solidariedade. Jesus entra nas águas onde estavam mergulhados os pecadores, os pobres, os que buscavam conversão. Ele se coloca no meio do povo, assume sua história, suas dores e esperanças. Este gesto revela um Deus que não observa a humanidade de longe, mas que se envolve, caminha com seu povo e compartilha sua condição. Eis o primeiro fundamento da sinodalidade: um Deus que caminha conosco.

Ao sair das águas, os céus se abrem, o Espírito desce sobre Jesus e a voz do Pai proclama: “Este é o meu Filho amado, em quem me comprazo” (Mt 3,17). No Batismo de Jesus, somos introduzidos no mistério da comunhão trinitária. É deste mistério que nasce a comunhão da Igreja. Pelo nosso Batismo, fomos mergulhados no mesmo Espírito, tornamo-nos filhos e filhas no Filho e membros de um único Corpo. A comunhão não é fruto de acordos humanos, mas dom de Deus, que nos precede e nos sustenta.

O lema que orienta este Sínodo,“um só coração e uma só alma”, recorda-nos a experiência da primeira comunidade cristã, descrita nos Atos dos Apóstolos (cf. At 4,32). Aquela comunidade não era perfeita, mas vivia profundamente unida porque colocava Cristo no centro. Havia diversidade de origens, culturas e sensibilidades, mas todos se reconheciam irmãos e irmãs. A unidade não eliminava as diferenças; antes, transformava-as em riqueza colocada a serviço da missão. Assim também hoje, a comunhão dos povos não significa uniformidade, mas harmonia na diversidade, vivida na escuta e no amor.

Celebrar este Sínodo é assumir com seriedade o chamado a sermos uma Igreja sinodal, ou seja, uma Igreja que caminha junta. Caminhar juntos implica escutar: escutar a Palavra de Deus, escutar o Espírito Santo, escutar uns aos outros e escutar o clamor dos povos, especialmente dos pobres, dos marginalizados e dos que sofrem as consequências da violência, da exclusão e das injustiças. Sem escuta, não há sinodalidade; sem escuta, a Igreja corre o risco de falar sozinha e perder o contato com a vida real do povo.

A sinodalidade exige também conversão. Somos convidados a abandonar atitudes de fechamento, autorreferencialidade e indiferença. Caminhar juntos supõe humildade para reconhecer limites, coragem para enfrentar conflitos e disponibilidade para discernir em comum os caminhos que o Senhor nos pede hoje. O Batismo nos recorda que todos têm igual dignidade: leigos, ministros ordenados e consagrados, cada um com sua vocação específica, mas todos corresponsáveis pela vida e pela missão da Igreja.

Num mundo marcado por profundas divisões, entre povos, culturas, ideologias e religiões, a Igreja é chamada a ser sinal e instrumento de unidade. A comunhão dos povos não é apenas um ideal bonito, mas uma urgência evangélica. O Batismo nos envia em missão para testemunhar que é possível viver como irmãos, superar muros e construir pontes. Onde há ódio, somos chamados a semear reconciliação; onde há exclusão, a promover dignidade; onde há silêncio imposto, a criar espaços de escuta e participação.

Queridos irmãos e irmãs, ao abrirmos este Sínodo, renovemos a graça do nosso Batismo. Peçamos que o Espírito Santo, que desceu sobre Jesus no Jordão, desça também sobre esta assembleia e sobre toda a Igreja. Que Ele nos conceda um coração sensível, uma alma aberta e passos firmes para caminhar juntos. Que sejamos, verdadeiramente, um só coração e uma só alma, para que o mundo creia e para que todos sejam um, como o Senhor nos pediu.

Amém.

[ES]

Amados hermanos y hermanas:

Nos reunimos hoy como Iglesia convocada por el Espíritu Santo para un momento de profunda gracia: la apertura del Sínodo para la Comunión de los Pueblos, celebrado a la luz de la fiesta del Bautismo del Señor. Esta coincidencia litúrgica no es casual, sino profundamente simbólica. Así como Jesús, al ser bautizado en el Jordán, inaugura públicamente su misión, también nosotros, como Pueblo de Dios, estamos llamados a renovar nuestra identidad y nuestra misión: caminar juntos, con un solo corazón y una sola alma, para que todos sean uno.

Jesús se acerca a Juan el Bautista y le pide ser bautizado. No lo hace por necesidad personal, pues es el Santo de Dios, sino por solidaridad. Jesús entra en las aguas donde estaban sumergidos los pecadores, los pobres, aquellos que buscaban conversión. Se coloca en medio del pueblo, asume su historia, sus dolores y esperanzas. Este gesto revela a un Dios que no observa a la humanidad desde lejos, sino que se involucra, camina con su pueblo y comparte su condición. He aquí el primer fundamento de la sinodalidad: un Dios que camina con nosotros.

Al salir de las aguas, los cielos se abren, el Espíritu desciende sobre Jesús y la voz del Padre proclama: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco» (Mt 3,17). En el Bautismo de Jesús somos introducidos en el misterio de la comunión trinitaria. De este misterio nace la comunión de la Iglesia. Por nuestro Bautismo hemos sido sumergidos en el mismo Espíritu, nos hemos convertido en hijos e hijas en el Hijo y en miembros de un solo Cuerpo. La comunión no es fruto de acuerdos humanos, sino don de Dios, que nos precede y nos sostiene.

El lema que orienta este Sínodo, «un solo corazón y una sola alma», nos recuerda la experiencia de la primera comunidad cristiana, descrita en los Hechos de los Apóstoles (cf. Hch 4,32). Aquella comunidad no era perfecta, pero vivía profundamente unida porque ponía a Cristo en el centro. Había diversidad de orígenes, culturas y sensibilidades, pero todos se reconocían como hermanos y hermanas. La unidad no eliminaba las diferencias; por el contrario, las transformaba en riqueza puesta al servicio de la misión. Así también hoy, la comunión de los pueblos no significa uniformidad, sino armonía en la diversidad, vivida en la escucha y en el amor.

Celebrar este Sínodo es asumir con seriedad el llamado a ser una Iglesia sinodal, es decir, una Iglesia que camina junta. Caminar juntos implica escuchar: escuchar la Palabra de Dios, escuchar al Espíritu Santo, escucharnos unos a otros y escuchar el clamor de los pueblos, especialmente de los pobres, de los marginados y de quienes sufren las consecuencias de la violencia, la exclusión y las injusticias. Sin escucha no hay sinodalidad; sin escucha, la Iglesia corre el riesgo de hablar sola y de perder el contacto con la vida real del pueblo.

La sinodalidad exige también conversión. Estamos llamados a abandonar actitudes de cerrazón, autorreferencialidad e indiferencia. Caminar juntos supone humildad para reconocer los propios límites, valentía para afrontar los conflictos y disponibilidad para discernir en común los caminos que el Señor nos pide hoy. El Bautismo nos recuerda que todos tienen igual dignidad: laicos, ministros ordenados y consagrados, cada uno con su vocación específica, pero todos corresponsables de la vida y de la misión de la Iglesia.

En un mundo marcado por profundas divisiones entre pueblos, culturas, ideologías y religiones, la Iglesia está llamada a ser signo e instrumento de unidad. La comunión de los pueblos no es solo un ideal hermoso, sino una urgencia evangélica. El Bautismo nos envía en misión para testimoniar que es posible vivir como hermanos, superar muros y construir puentes. Donde hay odio, estamos llamados a sembrar reconciliación; donde hay exclusión, a promover dignidad; donde hay silencio impuesto, a crear espacios de escucha y participación.

Queridos hermanos y hermanas, al abrir este Sínodo, renovemos la gracia de nuestro Bautismo. Pidamos que el Espíritu Santo, que descendió sobre Jesús en el Jordán, descienda también sobre esta asamblea y sobre toda la Iglesia. Que Él nos conceda un corazón sensible, un alma abierta y pasos firmes para caminar juntos. Que seamos verdaderamente un solo corazón y una sola alma, para que el mundo crea y para que todos sean uno, como el Señor nos lo pidió.

Amén.