al querido hermano César Yaziel,
hasta ahora Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis Primada de México,
Nombrado Obispo Auxiliar de la Diócesis de Buenos Aires,
Salud y Bendición Apostólica.
La solicitud por todas las Iglesias, que por disposición de la divina Providencia ha sido confiada al Sucesor del bienaventurado Apóstol Pedro, Nos impulsa a velar con diligencia para que cada Iglesia particular cuente con aquellos Pastores que, unidos entre sí en la comunión jerárquica, cooperen generosamente en la edificación del Cuerpo de Cristo y en el cuidado del Pueblo santo de Dios.
El ministerio episcopal, recibido en la plenitud del sacramento del Orden, exige de quienes han sido constituidos sucesores de los Apóstoles una constante disponibilidad para servir allí donde las necesidades de la Iglesia lo reclamen, manifestando siempre un espíritu de comunión, obediencia y caridad pastoral, a ejemplo de Cristo, el Buen Pastor, que vino no para ser servido, sino para servir y dar su vida por la multitud.
Considerando, pues, las actuales necesidades pastorales de la recientemente erigida Diócesis de Buenos Aires, cuya vida eclesial continúa fortaleciéndose con renovado fervor bajo la guía de su Obispo Diocesano, y deseando proveer a dicha Iglesia particular de una ayuda más eficaz en el ejercicio del ministerio episcopal, después de haber escuchado el parecer favorable del Dicasterio para los Obispos, hemos juzgado conveniente confiarte un nuevo campo de servicio apostólico.
Por tanto, con la plenitud de Nuestra Autoridad Apostólica, te trasladamos del oficio de Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis Primada de México al de Obispo Auxiliar de la Diócesis de Buenos Aires, conservando el título de Obispo Titular de Tébessa, con todos los derechos, deberes y obligaciones inherentes al oficio, conforme a las prescripciones del derecho canónico.
Te exhortamos, venerable hermano, a desempeñar este nuevo ministerio con espíritu de sincera colaboración y fraterna comunión con el Obispo Diocesano, contribuyendo con tu experiencia, prudencia y celo apostólico al crecimiento de aquella Iglesia particular. Que tu presencia entre el presbiterio, los diáconos, las personas consagradas y todos los fieles sea siempre signo de la cercanía del Señor y testimonio de la unidad que brota del Evangelio.
Confiamos que, fortalecido por la gracia del Espíritu Santo, sabrás ejercer con fidelidad el ministerio que hoy te encomendamos, procurando en toda circunstancia la gloria de Dios, la santificación de los fieles y la edificación de la Iglesia, para que el Pueblo que te sea confiado encuentre en ti un padre, un hermano y un solícito servidor de Cristo.