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Corações reconciliados, humanidade renovada! #CF2026

Periódico Litúrgico l Domingo De Ramos De La Pasión Del Señor


PERIODICO LITURGICO
DOMINGO DE RAMOS 
DE LA 
PASIÓN DEL SEÑOR
29.03.2026

En este día la Iglesia Universal conmemora la entrada de Cristo, el Señor, en Jerusalén para dar cumplimiento a su misterio pascual. Por esta razón, en todas las Misas se recuerda este ingreso del Señor, por medio de la procesión o entrada solemne antes de la Misa principal, o por medio de la entrada simple antes de las otras Misas. La entrada solemne, pero no la procesión, puede repetirse antes de aquellas Misas que se celebran con gran asistencia de fieles.

CONMEMORACIÓN DE LA ENTRADA DEL SEÑOR EN JERUSALÉN

                                                                
1er FORMA
PROCESIÓN

A la hora indicada el pueblo se reúne en una iglesia menor o en otro lugar apto, pero fuera del templo hacia el cual se dirigirá la procesión. Los fieles tienen los ramos en sus manos. 

El sacerdote y los ministros, revestidos con los ornamentos rojos requeridos para la Misa, se dirigen al lugar donde el pueblo se encuentra congregado. El sacerdote puede usar la capa pluvial roja que dejará, una vez concluida la procesión, para revestir la casulla. Mientras tanto, se canta la siguiente antífona u otro cántico adecuado:

ANTIFONA
(Cf. Mt 21, 9)

HOSANNA AL HIJO DE DAVID. BENDITO EL QUE VIENE EN NOMBRE DEL SEÑOR, EL REY DE ISRAEL. HOSANNA EN LAS ALTURAS.

Concluida la antífona o el cantico, el sacerdote y los fieles hacen la señal de la cruz:
Pres.: En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
℟.: Amén
 
Después saluda al pueblo de la manera acostumbrada:
Pres.: El Señor esté con ustedes
℟.: Y con tu espíritu.
 
Seguidamente, el sacerdote hace una breve monición en la que invita a los fieles a participar activa y conscientemente en la celebración de este día. Puede hacerlo con estas palabras u otras semejantes:
Queridos hermanos: 
Después de haber preparado nuestros corazones desde el principio de la Cuaresma con nuestra penitencia y nuestras obras de caridad, hoy nos reunimos para iniciar, unidos con toda la Iglesia, la celebración anual del Misterio Pascual, es decir, de la pasión y resurrección de nuestro Señor Jesucristo, misterios que empezaron con su entrada a Jerusalén, su ciudad. Por eso, recordando con toda fe y devoción esta entrada salvadora, sigamos al Señor, para que participando de su cruz, tengamos parte con él en su resurrección y su vida. 

BENDICIÓN DE LOS RAMOS

Después de esta monición, el sacerdote, teniendo extendidas las manos, dice una de las dos oraciones siguientes:
Pres.: Oremos.
Dios todopoderoso y eterno, santifica con tu bendición  estos ramos, para que, quienes acompañamos jubilosos a Cristo Rey, podamos llegar, por él, a la Jerusalén del cielo. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.
℟.: Amén.

O bien:
Aumenta, Señor Dios, la fe de los que esperan en ti y escucha con bondad las súplicas de quienes te invocan, para que, al presentar hoy nuestros ramos a Cristo victorioso, demos para ti en él frutos de buenas obras. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos. 
℟.: Amén.

Y, en silencio, rocía los ramos con agua bendita.

EVANGELIO
(Mt. 21, 1-11)

Bendito el que viene en nombre del Señor

Enseguida el diácono, o en su ausencia el mismo sacerdote, proclama del modo acostumbrado el Evangelio de la entrada del Señor a Jerusalén. 

El diácono, que proclamará el Evangelio, inclinándose profundamente ante el sacerdote, pide en voz baja la bendición:
℣.: 
Padre, dame tu bendición.

El sacerdote dice en voz baja:
Pres.:
 
El Señor esté en tu corazón y en tus labios, para que anuncies dignamente su Evangelio; en el nombre del Padre, y del Hijo  y del Espíritu Santo.

El diácono hace la señal de la cruz y responde:
℣.:
 
Amén.

Pero si no está presente el diácono, el sacerdote, inclinado ante el altar, dice en secreto:
Purifica mi corazón y mis labios, Dios todopoderoso, para que pueda anunciar dignamente tu santo Evangelio.

Después el diácono (o el sacerdote) va al ambón, y dice:
℣.: El Señor esté con ustedes.
℟.: Y con tu espíritu.

El diácono (o el sacerdote), dice:
 Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
y, mientras tanto, hace la señal de la cruz sobre el libro y luego sobre sí mismo, en la frente, la boca y el pecho.
℟.: Gloria a ti, Señor.
 
Luego el diácono o el sacerdote, si procede, inciensa el libro y proclama el Evangelio.
℣.: Cuando se aproximaban ya a Jerusalén, al llegar a Betfagé, junto al monte de los Olivos, envió Jesús a dos de sus discípulos, diciéndoles: “Vayan al pueblo que ven allí enfrente; al entrar, encontrarán amarrada una burra y un burrito con ella; desátenlos y tráiganmelos. Si alguien les pregunta algo, díganle que el Señor los necesita y enseguida los devolverá”. Esto sucedió para que se cumplieran las palabras del profeta: Díganle a la hija de Sión: He aquí que tu rey viene a ti, apacible y montado en un burro, en un burrito, hijo de animal de yugo.

Fueron, pues, los discípulos e hicieron lo que Jesús les había encargado y trajeron consigo la burra y el burrito. Luego pusieron sobre ellos sus mantos y Jesús se sentó encima. La gente, muy numerosa, extendía sus mantos por el camino; algunos cortaban ramas de los árboles y las tendían a su paso. Los que iban delante de él y los que lo seguían gritaban: “¡Hosanna! ¡Viva el Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!” Al entrar Jesús en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió. Unos decían: “¿Quién es éste?” Y la gente respondía: “Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea”. 

℣.:  Palabra del Señor.
℟.: Gloria a ti, Señor Jesús.

Después del Evangelio, puede tenerse una breve homilía.

PROCESIÓN

Al iniciar la procesión, el celebrante, el diácono u otro ministro idóneo puede hacer una monición con estas palabras u otras parecidas:
℣.: Queridos hermanos: Imitando a la multitud que aclamaba al Señor, avancemos en paz.

O bien:
℣.: Avancemos en paz.
℟.: En el nombre de Cristo. Amén.

Y se inicia del modo acostumbrado la procesión. Si se usa el incienso, el turiferario va adelante. Un acólito u otro ministro con la cruz adornada con ramos, según la costumbre del lugar, y, a su lado, dos ministros con velas encendidas. Sigue luego el diácono con el Evangeliario, el sacerdote con los ministros y, detrás de ellos, los fieles con ramos en las manos. 

Al avanzar la procesión, el coro y el pueblo entonan los siguientes cánticos u otros apropiados en honor a Cristo Rey:

PUERI HEBRAEORUM
(Alternado Con El Salmo 23)

℟. LOS NIÑOS HEBREOS, LLEVANDO RAMOS DE OLIVO, SALIERON AL ENCUENTRO DEL SEÑOR, ACLAMANDO: “HOSANNA EN EL CIELO”.

DEL SEÑOR ES LA TIERRA Y LO QUE ELLA TIENE, EL ORBE TODO Y LOS QUE EN ÉL HABITAN, PUES ÉL LO EDIFICÓ SOBRE LOS MARES, ÉL FUE QUIEN LO ASENTÓ SOBRE LOS RÍOS. ℟. 

¿QUIÉN SUBIRÁ HASTA EL MONTE DEL SEÑOR? ¿QUIÉN PODRÁ ENTRAR EN SU RECINTO SANTO? EL DE CORAZÓN LIMPIO Y MANOS PURAS Y QUE NO JURA EN FALSO. ℟. 

ESE OBTENDRÁ LA BENDICIÓN DE DIOS Y DIOS, SU SALVADOR, LE HARÁ JUSTICIA. ESTA ES LA CLASE DE HOMBRES QUE TE BUSCAN Y VIENEN ANTE TI, DIOS DE JACOB. ℟. 

¡PUERTAS, ÁBRANSE DE PAR EN PAR; AGRÁNDENSE, PORTONES ETERNOS, PORQUE VA A ENTRAR EL REY DE LA GLORIA! ℟. 

Y ¿QUIÉN ES EL REY DE LA GLORIA? ES EL SEÑOR, FUERTE Y PODEROSO, EL SEÑOR, PODEROSO EN LA BATALLA.  ℟. 

PUERTAS, ÁBRANSE DE PAR EN PAR; AGRÁNDENSE, PORTONES ETERNOS, PORQUE VA A ENTRAR EL REY DE LA GLORIA! ℟. 

Y ¿QUIÉN ES EL REY DE LA GLORIA? EL SEÑOR, DIOS DE LOS EJÉRCITOS, ÉL ES EL REY DE LA GLORIA. ℟. 

HIMNO A CRISTO REY

℟. GLORIA, ALABANZA Y HONOR A TI, CRISTO, NUESTRO REY Y REDENTOR, A QUIEN LOS NIÑOS CON JÚBILO CANTABAN: HOSANNA

TÚ ERES EL REY DE ISRAEL, NOBLE DESCENDIENTE DE DAVID, REY BENDITO QUE VIENES EN NOMBRE DEL SEÑOR. ℟.

LOS ÁNGELES TE ALABAN EN EL CIELO: TAMBIÉN LOS HOMBRES Y TODO EL UNIVERSO. ℟.

EL PUEBLO HEBREO SALIÓ A TU ENCUENTRO CON PALMAS EN LAS MANOS: AQUÍ ESTAMOS NOSOTROS CON HIMNOS. OFRENDAS Y PLEGARIAS. ℟.

ELLOS TE ACLAMABAN CUANDO IBAS A MORIR, AHORA QUE REINAS, NOSOTROS TE CANTAMOS. ℟.

ELLOS TE AGRADARON; ACEPTA TAMBIÉN NUESTRO HOMENAJE, REY BUENO, REY PIADOSO, QUE TE COMPLACES CON TODO LO BUENO. ℟.


RESPONSORIO

Al entrar la procesión en la iglesia, se canta el siguiente responsorio u otro canto alusivo a la entrada del Señor en Jerusalén:
℣.: AL ENTRAR EL SEÑOR EN LA CIUDAD SANTA, LOS NIÑOS HEBREOS, ANUNCIANDO CON ANTICIPACIÓN LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR DE LA VIDA, CON PALMAS EN LAS MANOS, ACLAMABAN: HOSANNA EN EL CIELO.

℟.: AL ENTERARSE DE QUE JESÚS LLEGABA A JERUSALÉN, EL PUEBLO SALIÓ A SU ENCUENTRO. CON PALMAS EN LAS MANOS, ACLAMABAN: HOSANNA EN EL CIELO.

El sacerdote, al llegar al altar, hace la debida reverencia y, si lo juzga oportuno, lo inciensa. Luego se dirige a la sede donde se quita la capa pluvial, si la usó, y se pone la casulla. 

                                                                
2da FORMA
ENTRADA SOLEMNE

Cuando no es posible hacer la procesión fuera de la iglesia, la entrada del Señor se celebra dentro del templo en forma solemne, antes de la Misa principal.

Los fieles se reúnen ante la puerta del templo, o bien dentro de éste, con los ramos en sus manos. El sacerdote, los ministros y un grupo de fieles se dirigen a un sitio adecuado del templo, fuera del presbiterio, desde donde la mayor parte de los fieles pueda ver el desarrollo del rito.

Mientras el sacerdote se dirige al lugar elegido, se canta la antífona "Hosanna" u otro canto adecuado. En este lugar se bendicen los ramos y se proclama el Evangelio de la entrada del Señor en Jerusalén, como se ha indicado más arriba. Después del Evangelio, el sacerdote con los ministros y un grupo de fieles que lo acompañó más de cerca, se dirigen solemnemente por la iglesia hacia el presbiterio, mientras se canta el responsorio: "Al entrar el Señor" u otro canto apropiado.

Al llegar al altar, el sacerdote lo venera. Luego se dirige a la sede. 

                                                                
3ra FORMA
ENTRADA SIMPLE

En todas las demás Misas de este domingo en las que no se hace la entrada solemne, se conmemora la entrada del Señor en Jerusalén por medio de una entrada simple.

Mientras el sacerdote se dirige al altar, se canta la antífona de entrada con su salmo u otro canto similar. El sacerdote, al llegar al altar, lo venera y se dirige a la sede. Después de la señal de la cruz, saluda al pueblo. Luego, la Misa continúa como de costumbre.
En las Misas en las que no es posible hacer el canto de entrada, el sacerdote llega al altar, lo venera, saluda al pueblo, lee la antífona de entrada y prosigue la Misa de la manera acostumbrada.

ANTIFONA DE ENTRADA
(Cf. Jn 12,1.12-13; Sal 23, 9-10)

Seis días antes de la solemnidad de la Pascua, cuando el Señor entraba a la ciudad de Jerusalén, los niños salieron a su encuentro con palmas en sus manos y aclamaban con toda su voz: Hosanna en las alturas. Bendito tú, que has venido lleno de misericordia.

Puertas, levanten sus dinteles. Ábranse, puertas eternas, para que entre el Rey de la gloria. ¿Y quién es el Rey de la gloria? El Rey de la gloria es el Señor de los ejércitos. Hosanna en las alturas. Bendito tú, que has venido lleno de misericordia.

                                                                

ORACION COLECTA

Omitidos los demás ritos iniciales de la Misa, incluso el Señor, ten piedad, dice la oración colecta y prosigue la Misa de la manera acostumbrada.
Pres.: Oremos.
Y todos, junto con el sacerdote, oran en silencio durante unos momentos. Después el sacerdote, con las manos extendidas, dice la oración colecta:
Dios todopoderoso y eterno, que quisiste que nuestro Salvador se hiciera hombre y padeciera en la cruz para dar al género humano ejemplo de humildad, concédenos, benigno, seguir las enseñanzas de su pasión y que merezcamos participar de su gloriosa resurrección. Él, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
℟.: Amén.
 
LITURGIA DE LA PALABRA
 
PRIMERA LECTURA
(Is. 50, 4-7)

No aparté mi rostro de los insultos, y sé que no quedaré avergonzado.
 
Lector: Del libro del profeta Isaías:
En aquel entonces, dijo Isaías: “El Señor me ha dado una lengua experta, para que pueda confortar al abatido con palabras de aliento. Mañana tras mañana, el Señor despierta mi oído, para que escuche yo, como discípulo. El Señor Dios me ha hecho oír sus palabras y yo no he opuesto resistencia ni me he echado para atrás.

Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que me tiraban de la barba. No aparté mi rostro de los insultos y salivazos. Pero el Señor me ayuda, por eso no quedaré confundido, por eso endureció mi rostro como roca y sé que no quedaré avergonzado”.

Lector: Palabra de Dios.
℟.: Te alabamos, Señor.
 
SALMO RESPONSORIAL
(Sal 66)

℟. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

 Todos los que me ven, de mí se burlan; 
me hacen gestos y dicen: 
Confiaba en el Señor, pues que él lo salve; 
si de veras lo ama, que lo libre”.

Los malvados me cercan por doquiera 
como rabiosos perros. 
Mis manos y mis pies han taladrado
y se pueden contar todos mis huesos.  ℟.

Reparten entre sí mis vestiduras 
y se juegan mi túnica a los dados. 
Señor, auxilio mío, ven y ayúdame, 
no te quedes de mí tan alejado.  ℟.

Contaré tu fama a mis hermanos, 
en medio de la asamblea te alabaré. 
Fieles del Señor, alábenlo; 
glorifícalo, linaje de Jacob; 
témelo, estirpe de Israel.  ℟.

SEGUNDA LECTURA
(Fl. 2, 6-11 )
 
En tu libro se me ordena cumplir tu voluntad.

Lector: De la carta del apóstol san Pablo a los filipenses 
Cristo, siendo Dios, no consideró que debía aferrarse a las prerrogativas de su condición divina, sino que, por el contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de siervo, y se hizo semejante a los hombres. Así, hecho uno de ellos, se humilló a sí mismo y por obediencia aceptó incluso la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todas las cosas y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre, para que, al nombre de Jesús, todos doblen la rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y todos reconozcan públicamente que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre. 

Lector: Palabra de Dios.
℟.: Te alabamos, Señor.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO
(Flp 2, 8-9)
 
HONOR Y GLORIA A TI, SEÑOR JESÚS
HONOR Y GLORIA A TI, SEÑOR JESÚS
 
CRISTO SE HUMILLÓ POR NOSOTROS Y POR OBEDIENCIA ACEPTÓ INCLUSO LA MUERTE Y UNA MUERTE DE CRUZ. POR ESO DIOS LO EXALTÓ SOBRE TODAS LAS COSAS Y LE OTORGÓ EL NOMBRE QUE ESTÁ SOBRE TODO NOMBRE.

HONOR Y GLORIA A TI, SEÑOR JESÚS
HONOR Y GLORIA A TI, SEÑOR JESÚS
 
EVANGELIO

La lectura la hace un diácono o, en su defecto, el mismo sacerdote. Puede también ser hecha por lectores, reservando al sacerdote, si es posible, la parte correspondiente a Cristo. Solamente los diáconos piden la bendición del celebrante antes del canto de la Pasión, como se hace antes del Evangelio:
℣.: Padre, dame tu bendición.

El sacerdote dice en voz baja:
Pres.:
 
El Señor esté en tu corazón y en tus labios, para que anuncies dignamente su Evangelio; en el nombre del Padre, y del Hijo  y del Espíritu Santo.

El diácono hace la señal de la cruz y responde:
℣.:
 
Amén.

PASIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO
Según San Mateo
(Mt 26, 14—27. 66; forma breve: 27, 11-54)

Se lee la historia de la Pasión del Señor. No se llevan ciriales ni incienso, ni se hace al principio el saludo, ni se signa el libro.

El diácono dice:
 Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Mateo
 
Y sin esperar respuestas, prosigue:
C En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo:
S “¿Cuánto me dan si les entregó a Jesús?”
Ellos quedaron en darle treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregárselo… El primer día de la fiesta de los panes Ázimos, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron:
“¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?”
El respondió:
 “Vayan a la ciudad, a casa de fulano y díganle: ‘El Maestro dice: Mi hora está ya cerca. Voy a celebrar la Pascua con mis discípulos en tu casa’ “.
Ellos hicieron lo que Jesús les había ordenado y prepararon la cena de Pascua. Al atardecer, se sentó a la mesa con los Doce, y mientras cenaban, les dijo:
 “Yo les aseguro que uno de ustedes va a entregarme”.
Ellos se pusieron muy tristes y comenzaron a preguntarle uno por uno:
¿Acaso soy yo, Señor?”
El respondió:
 “El que moja su pan en el mismo plato que yo, ése va a entregarme. Porque el Hijo del hombre va a morir, como está escrito de él; pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre va a ser entregado! Más le valiera a ese hombre no haber nacido”.
Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:
“¿Acaso soy yo, Maestro?”
Jesús le respondió:
 “Tú lo has dicho”.
Durante la cena, Jesús tomó un pan, y pronunciada la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:
  “Tomen y coman. Este es mi Cuerpo”.
Luego tomó en sus manos una copa de vino, y pronunciada la acción de gracias, la pasó a sus discípulos, diciendo:
 “Beban todos de ella, porque ésta es mi Sangre, Sangre de la nueva alianza, que será derramada por todos, para el perdón de los pecados. Les digo que ya no beberé más del fruto de la vid, hasta el día en que beba con ustedes el vino nuevo en el Reino de mi Padre”.
Después de haber cantado el himno, salieron hacia el monte de los Olivos. Entonces Jesús les dijo:
 “Todos ustedes se van a escandalizar de mí esta noche, porque está escrito: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño. Pero después de que yo resucite, iré delante de ustedes a Galilea”.
Entonces Pedro le replicó:
“Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré”.
Jesús le dijo:
 “Yo te aseguro que esta misma noche, antes de que el gallo cante, me habrás negado tres veces”.
Pedro le replicó:
“Aunque tenga que morir contigo, no te negaré”.
Y lo mismo dijeron todos los discípulos.
Entonces Jesús fue con ellos a un lugar llamado Getsemaní y dijo a los discípulos:
 “Quédense aquí mientras yo voy a orar más allá”.
Se llevó consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo y comenzó a sentir tristeza y angustia. Entonces les dijo: 
 “Mi alma está llena de una tristeza mortal. Quédense aquí y velen conmigo”.
Avanzó unos pasos más, se postró rostro en tierra y comenzó a orar, diciendo:
 “Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz; pero que no se haga como yo quiero, sino como quieres tú”.
Volvió entonces a donde estaban los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro:
 “¿No han podido velar conmigo ni una hora? Velen y oren, para no caer en la tentación, porque el espíritu está pronto, pero la carne es débil”.
Y alejándose de nuevo, se puso a orar, diciendo:
 “Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad”.
Después volvió y encontró a sus discípulos otra vez dormidos, porque tenían los ojos cargados de sueño. Los dejó y se fue a orar de nuevo, por tercera vez, repitiendo las mismas palabras. Después de esto, volvió a donde estaban los discípulos y les dijo:
 “Duerman ya y descansen. He aquí que llega la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levántense! ¡Vamos! Ya está aquí el que me va a entregar”.
Todavía estaba hablando Jesús, cuando llegó Judas, uno de los Doce, seguido de una chusma numerosa con espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El que lo iba a entregar les había dado esta señal:
“Aquel a quien yo le dé un beso, ése es. Aprehéndanlo”.
Al instante se acercó a Jesús y le dijo:
“¡Buenas noches, Maestro!”
Y lo besó… Jesús le dijo:
 “Amigo, ¿es esto a lo que has venido?”
Entonces se acercaron a Jesús, le echaron mano y lo apresaron. Uno de los que estaban con Jesús, sacó la espada, hirió a un criado del sumo sacerdote y le cortó una oreja. Le dijo entonces Jesús:
 “Vuelve la espada a su lugar, pues quien usa la espada, a espada morirá. ¿No crees que si yo se lo pidiera a mi Padre, él pondría ahora mismo a mi disposición más de doce legiones de ángeles? Pero, ¿cómo se cumplirían entonces las Escrituras, que dicen que así debe suceder?”
Enseguida dijo Jesús a aquella chusma:
 “¿Han salido ustedes a apresarme como a un bandido, con espadas y palos? Todos los días yo enseñaba, sentado en el templo, y no me aprehendieron. Pero todo esto ha sucedido para que se cumplieran las predicciones de los profetas”.
Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron. Los que aprehendieron a Jesús lo llevaron a la casa del sumo sacerdote Caifás, donde los escribas y los ancianos estaban reunidos. Pedro los fue siguiendo de lejos hasta el palacio del sumo sacerdote. Entró y se sentó con los criados para ver en qué paraba aquello... Los sumos sacerdotes y todo el sanedrín andaban buscando un falso testimonio contra Jesús, con ánimo de darle muerte; pero no lo encontraron, aunque se presentaron muchos testigos falsos. Al fin llegaron dos, que dijeron:
“Este dijo: ‘Puedo derribar el templo de Dios y reconstruirlo en tres días’ “.
Entonces el sumo sacerdote se levantó y le dijo: S “¿No respondes nada a lo que éstos atestiguan en contra tuya?”
Como Jesús callaba, el sumo sacerdote le dijo:
“Te conjuro por el Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios”.
Jesús le respondió:
 “Tú lo has dicho. Además, yo les declaro que pronto verán al Hijo del hombre, sentado a la derecha de Dios, venir sobre las nubes del cielo”.
Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras y exclamó:
“¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ustedes mismos han oído la blasfemia. ¿Qué les parece?”
Ellos respondieron:
“Es reo de muerte”.
Luego comenzaron a escupirle en la cara y a darle de bofetadas… Otros lo golpeaban, diciendo:
“Adivina quién es el que te ha pegado”.
Entretanto, Pedro estaba fuera, sentado en el patio… Una criada se le acercó y le dijo:
“Tú también estabas con Jesús, el galileo”.
Pero él lo negó ante todos, diciendo:
“No sé de qué me estás hablando”.
Ya se iba hacia el zaguán, cuando lo vio otra criada y dijo a los que estaban ahí:
“También ése andaba con Jesús, el nazareno”.
Él de nuevo lo negó con juramento:
“No conozco a ese hombre”.
Poco después se acercaron a Pedro los que estaban ahí y le dijeron:
“No cabe duda de que tú también eres de ellos, pues hasta tu modo de hablar te delata”.
Entonces él comenzó a echar maldiciones y a jurar que no conocía a aquel hombre. Y en aquel momento cantó el gallo… Entonces se acordó Pedro de que Jesús había dicho: ‘Antes de que cante el gallo, me habrás negado tres veces’.
Y saliendo de ahí se soltó a llorar amargamente.
Llegada la mañana, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo celebraron consejo contra Jesús para darle muerte. Después de atarlo, lo llevaron ante el procurador, Poncio Pilato, y se lo entregaron. Entonces Judas, el que lo había entregado, viendo que Jesús había sido condenado a muerte, devolvió arrepentido las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos, diciendo:
“Pequé, entregando la sangre de un inocente”.
Ellos dijeron: “
¿Y a nosotros qué nos importa? Allá tú”.
Entonces Judas arrojó las monedas de plata en el templo, se fue y se ahorcó.
Los sumos sacerdotes tomaron las monedas de plata y dijeron:
“No es lícito juntarlas con el dinero de las limosnas, porque son precio de sangre”.
Después de deliberar, compraron con ellas el Campo del alfarero, para sepultar ahí a los extranjeros. Por eso aquel campo se llama hasta el día de hoy “Campo de sangre”. Así se cumplió lo que-dijo el profeta Jeremías: Tomaron las treinta monedas de plata en que fue tasado aquel a quien pusieron precio algunos hijos de Israel, y las dieron por el Campo del alfarero, según lo que me ordenó el Señor.

Comienza la lectura breve

Jesús compareció ante el procurador, Poncio Pilato, quien le preguntó:
“¿Eres tú el rey de los judíos?”
Jesús respondió:
 “Tú lo has dicho”.
Pero nada respondió a las acusaciones que le hacían los sumos sacerdotes y los ancianos. Entonces le dijo Pilato: 
“¿No oyes todo lo que dicen contra ti?”
Pero él nada respondió, hasta el punto de que el procurador se quedó muy extrañado… Con ocasión de la fiesta de la Pascua, el procurador solía conceder a la multitud la libertad del preso que quisieran. Tenían entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Dijo, pues, Pilato a los ahí reunidos:
“¿A quién quieren que les deje en libertad: a Barrabás o a Jesús, que se dice el Mesías?”
Pilato sabía que se lo habían entregado por envidia… Estando él sentado en el tribunal, su mujer mandó decirle:
“No te metas con ese hombre justo, porque hoy he sufrido mucho en sueños por su causa”.
Mientras tanto, los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la muchedumbre de que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Así, cuando el procurador les preguntó:
“¿A cuál de los dos quieren que les suelte?”,
ellos respondieron:
“A Barrabás”.
Pilato les dijo:
“¿Y qué voy a hacer con Jesús, que se dice el Mesías?”
Respondieron todos:
“Crucifícalo”.
Pilato preguntó:
“Pero, ¿qué mal ha hecho?”
Mas ellos seguían gritando cada vez con más fuerza:
“¡Crucifícalo!”
Entonces Pilato, viendo que nada conseguía y que crecía el tumulto, pidió agua y se lavó las manos ante el pueblo, diciendo: S “Yo no me hago responsable de la muerte de este hombre justo. Allá ustedes”.
Todo el pueblo respondió:
“¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!”
Entonces Pilato puso en libertad a Barrabás. En cambio a Jesús lo hizo azotar y lo entregó para que lo crucificaran.
Los soldados del procurador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a todo el batallón… Lo desnudaron, le echaron encima un manto de púrpura, trenzaron una corona de espinas y se la pusieron en la cabeza; le pusieron una caña en su mano derecha, y arrodillándose ante él, se burlaban diciendo:
“¡Viva el rey de los judíos!”,
Y le escupían.
Luego, quitándole la caña, lo golpeaban con ella en la cabeza. Después de que se burlaron de él, le quitaron el manto, le pusieron sus ropas y lo llevaron a crucificar. Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo obligaron a llevar la cruz… Al llegar a un lugar llamado Gólgota, es decir, “Lugar de la Calavera”, le dieron a beber a Jesús vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no lo quiso beber.
Los que lo crucificaron se repartieron sus vestidos, echando suertes, y se quedaron sentados ahí para custodiarlo... Sobre su cabeza pusieron por escrito la causa de su condena: ‘Este es Jesús, el rey de los judíos’. Juntamente con él, crucificaron a dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.
Los que pasaban por ahí lo insultaban moviendo la cabeza y gritándole:
“Tú, que destruyes el templo y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo; si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz”.
También se burlaban de él los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, diciendo:
“Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo. Si es el rey de Israel, que baje de la cruz y creeremos en él… Ha puesto su confianza en Dios, que Dios lo salve ahora, si es que de verdad lo ama, pues él ha dicho: ‘Soy el Hijo de Dios’ “.
Hasta los ladrones que estaban crucificados a su lado lo injuriaban.
Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, se oscureció toda aquella tierra. Y alrededor de las tres, Jesús exclamó con fuerte voz:
 “Eli, Eli, ¿lemá sabactaní?”,
que quiere decir: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”… Algunos de los presentes, al oírlo, decían:
“Está llamando a Elías”.
Enseguida uno de ellos fue corriendo a tomar una esponja,
la empapó en vinagre y sujetándola a una caña, le ofreció de beber. Pero los otros le dijeron:
“Déjalo. Vamos a ver si viene Elías a salvarlo”.
Entonces Jesús, dando de nuevo un fuerte grito, expiró.

Aquí todos se arrodillan y guardan silencio por unos instantes

Entonces el velo del templo se rasgó en dos partes, de arriba a abajo, la tierra tembló y las rocas se partieron. Se abrieron los sepulcros y resucitaron muchos justos que habían muerto, y después de la resurrección de Jesús, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a mucha gente.
Por su parte, el oficial y los que estaban con él custodiando a Jesús, al ver el terremoto y las cosas que ocurrían, se llenaron de un gran temor y dijeron:
“Verdaderamente éste era Hijo de Dios”.

Fin de la lectura breve

Estaban también allí, mirando desde lejos, muchas de las mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo. Entre ellas estaban María Magdalena, María, la madre de Santiago y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo. Al atardecer, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que se había hecho también discípulo de Jesús. Se presentó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús, y Pilato dio orden de que se lo entregaran. José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo depositó en un sepulcro nuevo, que había hecho excavar en la roca para sí mismo. Hizo rodar una gran piedra hasta la entrada del sepulcro y se retiró… Estaban ahí María Magdalena y la otra María, sentadas frente al sepulcro.
Al otro día, el siguiente de la preparación de la Pascua, los sumos sacerdotes y los fariseos se reunieron ante Pilato y le dijeron:
“Señor, nos hemos acordado de que ese impostor, estando aún en vida, dijo: ‘A los tres días resucitaré’… Manda, pues, asegurar el sepulcro hasta el tercer día; no sea que vengan sus discípulos, lo roben y digan luego al pueblo: ‘Resucitó de entre los muertos’, porque esta última impostura sería peor que la primera”.
Pilato les dijo:
“Tomen un pelotón de soldados, vayan y aseguren el sepulcro como ustedes quieran”.
Ellos fueron y aseguraron el sepulcro, poniendo un sello sobre la puerta y dejaron ahí la guardia. 

℣.:  Palabra del Señor.
℟.:  Gloria a ti, Señor Jesús.
 
Luego besa el libro, diciendo la oración en silencio.
 
HOMILÍA
Después de la lectura de la Pasión, puede tenerse, si se cree oportuno, una breve homilía. También se puede guardar un momento de silencio. 

CREDO
(Símbolo Niceno-constantinopolitano)
 
Acabado lo anterior, se hace la profesión de fe
℟.: Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible. Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, 
En las palabras que siguen, hasta "se hizo hombre", todos se inclinan.
y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pílato; padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras, y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reíno no tendrá fin. Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas. Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica. Confieso que hay un solo bautismo para el perdón de los pecados. Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. Amén. 


ORACIÓN DE LOS FIELES

El sacerdote dice:
Pres.: Imploremos a Jesús, nuestro Sumo Sacerdote, que en la cruz presentó oraciones y súplicas al Padre, y pidámosle por todos los hombres diciendo:
℟.: Te rogamos, oyenos.

- Para que el Señor tenga piedad de los fieles que han caído en el pecado, les dé valor para recurrir al sacramento de la penitencia y les conceda el gozo del perdón y de la paz, reguemos al Señor.

Para que la sangre de Jesús –que habla más favorablemente que la de Abel– reconcilie con Dios a los que aún están lejos a causa de la ignorancia, la indiferencia o las propias pasiones, roguemos al Señor.

Para que el Señor –que en la cruz experimentó la amargura de sentirse triste y abandonado– se apiade de los enfermos y los oprimidos a fin que los conforte en su aflicción, roguemos al Señor.

- Para que el Señor –que recibió en su Reino al ladrón arrepentido– se apiade de nosotros y nos admita, después de la muerte, en su paraíso, roguemos al Señor.

Pres.: Dios todopoderoso y eterno, que enviaste a tu Hijo al mundo, para que destruyera el pecado y la muerte, y nos devolviera la vida y la felicidad, escucha las oraciones de tu pueblo y haz que podamos gozar de los frutos de su redención. Por Jesucristo nuestro Señor.
℟.: Amén.
  
LITURGIA EUCARÍSTICA
 
PRESENTACIÓN DE LOS DONES
 
Terminado lo anterior, comienza el canto para el ofertorio. Mientras tanto, los ministros colocan sobre el altar el corporal, el purificador, el cáliz, la palia y el misal.

El sacerdote, de pie ante el altar, recibe la patena con el pan en las manos y, levantándola un poco por encima del altar, dice la oración:
Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este pan, fruto de la tierra y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos; él será para nosotros pan de vida. 
 
Si no se hace el canto para el ofertorio, el sacerdote puede decir estas palabras en voz alta; al final, el pueblo puede aclamar: 
℟. Bendito seas por siempre, Señor. 
Luego coloca la patena con el pan sobre el corporal.

El diácono o sacerdote vierte vino y un poco de agua en el cáliz, orando en silencio.
Luego, el sacerdote recibe el cáliz en sus manos y, levantándolo un poco por encima del altar, dice la oración: 
Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este vino, fruto de la vid y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos; él será para nosotros bebida de salvación.

Si no se hace el canto para el ofertorio, el sacerdote puede decir estas palabras en voz alta; al final, el pueblo puede aclamar: 
℟. Bendito seas por siempre, Señor. 
Luego, coloca el cáliz sobre el corporal.
 
Luego el sacerdote, profundamente inclinado, reza en silencio. Y, si procede, inciensa las ofrendas, la cruz y el altar. Después, el diácono u otro ministro inciensa al sacerdote y al pueblo.
Luego, el sacerdote, de pie junto al altar, se lava las manos y dice la oración en silencio.
 
El sacerdote, de pie en el centro del altar, dice:
Pres.: Oren, hermanos, para que, trayendo al altar los gozos y las fatigas de cada día, nos dispongamos a ofrecer el sacrificio agradable a Dios, Padre todopoderoso.
℟.: El Señor reciba de tus manos este sacrificio, para alabanza y gloria de su nombre, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia.
 
ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS
 
Luego el sacerdote dice la oración sobre las ofrendas:
Pres.: 
Que la pasión de tu Unigénito, Señor, nos atraiga tu perdón, y aunque no lo merecemos por nuestras obras, por la mediación de este sacrificio único, lo recibamos de tu misericordia. Por Jesucristo, nuestro Señor.
℟.: Amén.
 
PREFACIO
(La Pasión Del Señor)
 
El sacerdote comienza la plegaria eucarística con el prefacio. Dice:
Pres.: 
El Señor esté con ustedes.
℟.: Y con tu espíritu.

El sacerdote prosigue:
Pres.: 
Levantemos el corazón.
℟.Lo tenemos levantado hacia el Señor.

El sacerdote añade:
Pres.: 
Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
℟.Es justo y necesario.

El sacerdote prosigue el prefacio.
Pres.: 
En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo, Señor nuestro. 

El cual, siendo inocente, se dignó padecer por los pecadores y fue injustamente condenado por salvar a los culpables; con su muerte borró nuestros delitos y, resucitando, conquistó nuestra justificación.

Por eso, te alabamos con todos los ángeles y te aclamamos con voces de júbilo, diciendo:
 
En unión con el pueblo, concluye el prefacio, cantando o diciendo en voz alta:
℟.: Santo, Santo es el Señor, Dios del Universo. Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria. Hosanna en el cielo. Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en el cielo.


PLEGARIA EUCARÍSTICA III
El sacerdote dice:
Pres.: SANTO eres en verdad, Padre, y con razón te alaban todas tus criaturas, ya que por Jesucristo, tu Hijo, Señor nuestro, con la fuerza del Espíritu Santo, das vida y santificas todo, y congregas a tu pueblo sin cesar, para que ofrezca en tu honor un sacrificio sin mancha desde donde sale el sol hasta el ocaso.
 
Pres.: Por eso, Padre, te suplicamos que santifiques por el mismo Espíritu estos dones que hemos separado para ti, de manera que sean Cuerpo  y Sangre de Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro, que nos mandó celebrar estos misterios.
 
El relato de la institución de la Eucaristía debe darse de forma clara y audible, como lo exige su naturaleza.
Pres.: Porque el mismo, la noche en que iba a ser entregado, tomó pan,
Toma el pan y, manteniéndolo un poco elevado sobre el altar, continúa:
y dando gracias te bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:
TOMEN Y COMAN TODOS DE EL, PORQUE ESTO ES MI CUERPO QUE SERÁ ENTREGADO POR USTEDES.

Muestra al pueblo la hostia consagrada, la coloca en la patena y hace una genuflexión en adoración.
 
El sacerdote prosigue:
Pres.:  Del mismo modo, acabada la cena, tomó el cáliz,
Toma el cáliz en sus manos y, manteniéndolo ligeramente elevado sobre el altar, continúa:
y, dándote gracias de nuevo, lo pasó a sus discípulos, diciendo:
TOMEN Y BEBAN TODOS DE EL, PORQUE ESTA ES MI SANGRE QUE SERÁ DERRAMADA POR USTEDES Y POR MUCHOS PARA EL PERDÓN DE LOS PECADOS. HAGAN ESTO EN CONMEMORACIÓN MIA.

Muestra el cáliz al pueblo, la coloca sobre su cuerpo y hace una genuflexión en adoración.
 
El sacerdote prosigue:
Pres.: Éste es el Misterio de la fe, Cristo nos redimió.
℟.: Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas.
 
Después, el sacerdote, con las manos extendidas dice:
Pres.: Así, pues, Padre, al celebrar ahora el memorial de la pasión salvadora de tu Hijo, de su admirable resurrección, y ascensión al cielo, mientras esperamos su venida gloriosa, te ofrecemos, en esta acción de gracias, el sacrificio vivo y santo.
 
Dirige tu mirada sobre la ofrenda de tu Iglesia, y reconoce en ella la Víctima por cuya inmolación quisiste devolvernos tu amistad, para que, fortalecidos con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo, formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu.
 
1C: Que él nos transforme en ofrenda permanente, para que gocemos de tu heredad junto con tus elegidos: con Maria, la Virgen, Madre de Dios, los apóstoles y los mártires, los santos Simón y Judas, y todos los santos, por cuya intercesión confiamos obtener siempre tu ayuda.
 
2C: Te pedimos, Padre, que esta Víctima de reconciliación traiga la paz y la salvación al mundo entero. Confirma en la fe y en la caridad a tu Iglesia, peregrina en la tierra: a tu servidor, el Papa Benedicto, a nuestro Obispo N., al orden episcopal, a los presbíteros y diáconos, y a todo el pueblo redimido por ti.
 
Atiende los deseos y súplicas de esta familia que has congregado en tu presencia. Reúne en torno a ti, Padre misericordioso, a todos tus hijos dispersos por el mundo.

A nuestros hermanos difuntos, y a cuantos murieron en tu amistad, recíbelos en tu Reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria, por Cristo Señor nuestro, por quien concedes al mundo todos los bienes.
 
Toma la patena con el pan consagrado y el cáliz y, sosteniéndolos elevados, dice:
Pres.:  Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos.
El pueblo aclama:
℟.: Amén.

RITO DE COMUNIÓN
 
Una vez que ha dejado el cáliz y la patena, el sacerdote, con las manos juntas, dice:
Pres.:
 
Antes de participar en el banquete de la Eucaristía, signo de reconciliación y vínculo de unión fraterna, oremos juntos como el Señor nos ha enseñado:

Junto con el pueblo, continúa:
℟.:
 
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal

El sacerdote prosigue él solo:
Pres.: 
Líbranos de todos los males, Señor, y concédenos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo.
El pueblo concluye la oración, aclamando:
℟.:
 
Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria, por siempre, Señor.

Después el sacerdote dice en voz alta:
Pres.:
 
Señor Jesucristo, que dijiste a tus apóstoles: "La paz les dejo, mi paz les doy", no tengas en cuenta nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia y, conforme a tu palabra, concédele la paz y la unidad.
El sacerdote junta sus manos y concluye:
Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.
℟.: Amén.

El sacerdote añade:
Pres.: 
La paz del Señor esté siempre con ustedes
℟.: Y con tu espíritu.

Luego, si se juzga oportuno, el diácono, o el sacerdote, añade: 
℣.: Dense fraternalmente la paz.

Y cada uno, según la costumbre del lugar, se manifiesta entre sí paz, comunión y caridad; el sacerdote da la paz al diácono y a los demás ministros.
 
Luego, el sacerdote parte el pan consagrado sobre la patena y coloca un trozo en el cáliz, orando en silencio.
 
Se canta o se dice:
℟.: 
 Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, danos la paz.
 
El sacerdote hace genuflexión, toma el pan consagrado y, sosteniéndolo un poco elevado sobre la patena, lo muestra al pueblo, diciendo:
Pres.: Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor.
℟.: Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.
 
Después de comulgar, el sacerdote se acerca a los que quieren comulgar y les presenta el pan consagrado, diciendo a cada uno de ellos:
℣.:
 El Cuerpo de Cristo.
El que va a comulgar responde:
℟.: 
Amén.

ANTÍFONA DE COMUNIÓN
(Mt 26, 42)

Si no hay canto de comunión, se recita la antífona: 
Padre mío, si no es posible evitar que yo beba este cáliz, hágase tu voluntad.

Después, el sacerdote puede ir a la sede. Si se juzga oportuno, se pueden guardar unos momentos de silencio o cantar un salmo o cántico de alabanza.
 
Y todos, junto con el sacerdote, oran en silencio durante unos momentos, a no ser que este silencio ya se haya hecho antes.
 
ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN
 
Después el sacerdote, con las manos extendidas, dice la oración después de la comunión.
Pres.: 
Oremos.
El sacerdote, con los brazos abiertos, dice la oración:
Tú que nos has alimentado con esta Eucaristía, y por medio de la muerte de tu Hijo nos das la esperanza de alcanzar lo que la fe nos promete, concédenos, Señor, llegar, por medio de su resurrección, a la meta de nuestras esperanzas. Por Jesucristo, nuestro Señor.
℟.: Amén.

RITO DE CONCLUSIÓN
 
BENDICIÓN FINAL
Oración Sobre El Pueblo
 
En este momento se hacen, si es necesario y con brevedad, los oportunos anuncios o advertencias al pueblo.
 
Después tiene lugar la despedida. El sacerdote extiende las manos hacia el pueblo y dice
Pres.: 
El Señor esté con ustedes.
℟.: Y con tu espíritu.

Pres.: Padre, dirige tu mirada sobre esta familia tuya, por la cual nuestro Señor Jesucristo no dudó en entregarse a las manos de los verdugos y sufrir el suplicio de la cruz. Él que vive y reina por los siglos de los siglos.
℟.: Amén.

El sacerdote bendice al pueblo, diciendo:
Pres.: Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo  y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.
℟.: Amén.
 
Luego el diácono, o el sacerdote, despide al pueblo con una de las fórmulas siguientes:
℣.:
 
Pueden ir en paz.
℟.: Demos gracias a Dios.

Después el sacerdote se retira a la sacristía.